El cuerpo
como
herramienta
de trabajo
El proyecto de Embotellados explora la relación entre cuerpo, trabajo y movilidad a través del esfuerzo físico de los transportistas refresqueros, se propone una instalación interactiva que reproduce la fuerza, el ritmo y la resistencia implicados en su labor diaria. Más que un ejercicio técnico, es una reflexión sobre las dinámicas invisibles del trabajo manual en la ciudad y la manera en que el cuerpo se adapta a un entorno urbano que no está diseñado para él.
En el reparto de refrescos, el cuerpo no es un acompañante ni una herramienta secundaria: es el eje central que hace posible todo el sistema. El transportista no solo maneja un camión lleno de botellas; su cuerpo es el verdadero motor que sostiene, equilibra y distribuye. En cada ruta, antes que la máquina, está el cuerpo que la acciona. Se convierte en vehículo, grúa, máquina de precisión y soporte inagotable. Carga, empuja, organiza, sostiene el peso del vidrio y del aluminio, y también el peso del tiempo, de las entregas y de la prisa.
La rutina diaria bajar y subir cajas, jalar el diablito por banquetas rotas, subir escaleras con botellas al hombro, acomodar producto en exhibidores se convierte en una coreografía no escrita. Es una danza repetitiva, aprendida por memoria muscular. Los movimientos parecen automáticos, pero no lo son: detrás de cada gesto hay cálculo, equilibrio, resistencia, y un desgaste silencioso que se acumula día tras día. El cuerpo aprende el ritmo de la ruta, sabe cuándo inclinarse, cuánto peso aguanta un brazo o cuándo doblar las rodillas para evitar una lesión. Pero ese aprendizaje tiene un costo.
El cuerpo deja de sentirse igual. El cansancio no se queda al final del día: se va acumulando como una capa invisible. A media jornada ya pesa más la espalda, se sienten rígidas las muñecas, las rodillas crujen al subir una banqueta. El agotamiento se vuelve parte de la rutina, como si el cuerpo se hiciera más denso, más lento. Y, aun así, sigue.
Los dolores de espalda, de hombros, de cintura se vuelven familiares, casi previsibles. Se normalizan. Se nombran con frases como “uno se acostumbra”, aunque en realidad no es costumbre: es resistencia a pesar del dolor.
El trabajo físico no es solo fuerza; también es tensión.
El estrés no vive solamente en la mente: se aloja en los músculos. El tráfico aprieta los hombros, la presión por cumplir la ruta endurece la mandíbula, el sonido del claxon acelera el pulso. Durante horas el cuerpo permanece inmóvil al volante, atrapado en el sedentarismo obligado, para luego saltar de golpe a cargar pesos extremos.
El cuerpo pasa de estar pasivo a exigirse al límite en cuestión de minutos. Ese contraste, ese constante subir y bajar de esfuerzos, desgasta más que la carga misma.
Las jornadas largas mezclan ambos extremos: estar quieto y estar al límite. Sentarse por horas, cargar por minutos, volver a sentarse, repetir. Al final del día, el cansancio no se va con el baño ni con la cena; se queda en las articulaciones, se acuesta junto al trabajador, se despierta con él al día siguiente.
El cuerpo trabaja. Sostiene. Cumple. Pero también se agrieta, se cansa, se convierte en archivo de esfuerzos invisibles.
Aquí, la máquina no es solo el camión. La verdadera máquina es el transportista: un cuerpo que mueve mercancías, pero también historias de desgaste, disciplina y resistencia.